Se llamaba Azucena y, con aquel nombre de flor, era imposible que no se enamorase de ella, porque Eduardo era jardinero. Ella hacía honor a su nombre, y era blanca y despistada, y su silueta alargada y cristalina hacía girarse a los viandantes. Él la seguía por todas partes, no era difícil: como cualquier flor, se movía despacio y casi siempre en busca del sol y al compás del viento. Nunca habían cruzado una palabra, pero él sabía que era la mujer de su vida y ella, probablemente, intuía que algo estaba pasando a su alrededor que tenía que ver con ella y que decidiría su futuro.Un día, por fin, Eduardo consiguió que se encontraran frente a frente, y le habló de su amor mientras Azucena sonreía con sus labios de perfumes. Estaban en su jardín, y la tierra estaba húmeda y removida, era tierra nueva, preparada para empezar a cultivar.
Se acariciaron. Ella tenía la piel suave, no habría podido ser de otro modo. Se fundieron en un abrazo. El pelo de Eduardo olía a hierba recién regada. Y supieron que realmente estaban destinados a hacerse inseparables. Poco a poco sus pies comenzaron a hundirse en la tierra, y sus cuatro piernas dieron lugar a sendas raíces. Creo que Eduardo tuvo más de tallo y Azucena tuvo más de flor, pero me ha sido imposible asegurarlo con certeza, porque esto ocurrió hace años, y ahora es muy difícil distinguirlos de las otras plantas de la zona.
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