
¿Te imaginas un cuento de hadas en el que ya no se puede llamar niños a los protagonistas?
Es muy fácil: se cambia la magia por risas, la moraleja por confidencias y los trucos por miradas. Y, en realidad, el cuento queda como al principio, las diferencias son casi imperceptibles.
Hay cosas que nunca cambian. O quizás sí cambian y no nos damos cuenta. O quizás cambian, y nos damos cuenta, y no nos importa. Los cuentos de hadas son así.
