Se llamaba Azucena y, con aquel nombre de flor, era imposible que no se enamorase de ella, porque Eduardo era jardinero. Ella hacía honor a su nombre, y era blanca y despistada, y su silueta alargada y cristalina hacía girarse a los viandantes. Él la seguía por todas partes, no era difícil: como cualquier flor, se movía despacio y casi siempre en busca del sol y al compás del viento. Nunca habían cruzado una palabra, pero él sabía que era la mujer de su vida y ella, probablemente, intuía que algo estaba pasando a su alrededor que tenía que ver con ella y que decidiría su futuro.
Un día, por fin, Eduardo consiguió que se encontraran frente a frente, y le habló de su amor mientras Azucena sonreía con sus labios de perfumes. Estaban en su jardín, y la tierra estaba húmeda y removida, era tierra nueva, preparada para empezar a cultivar.
Se acariciaron. Ella tenía la piel suave, no habría podido ser de otro modo. Se fundieron en un abrazo. El pelo de Eduardo olía a hierba recién regada. Y supieron que realmente estaban destinados a hacerse inseparables. Poco a poco sus pies comenzaron a hundirse en la tierra, y sus cuatro piernas dieron lugar a sendas raíces. Creo que Eduardo tuvo más de tallo y Azucena tuvo más de flor, pero me ha sido imposible asegurarlo con certeza, porque esto ocurrió hace años, y ahora es muy difícil distinguirlos de las otras plantas de la zona.
miércoles 1 de julio de 2009
Azucena
lunes 29 de junio de 2009
Hoy
La cama está vacía,
o quizás es solo que hoy nos parece infinita
después de que ayer nos perdiéramos
entre los laberintos
de sus sábanas...
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jueves 25 de junio de 2009
Son así...

¿Te imaginas un cuento de hadas en el que ya no se puede llamar niños a los protagonistas?
Es muy fácil: se cambia la magia por risas, la moraleja por confidencias y los trucos por miradas. Y, en realidad, el cuento queda como al principio, las diferencias son casi imperceptibles.
Hay cosas que nunca cambian. O quizás sí cambian y no nos damos cuenta. O quizás cambian, y nos damos cuenta, y no nos importa. Los cuentos de hadas son así.
lunes 22 de junio de 2009
La historia del buhonero de tres patas y las hijas del mercader
Ahora me viene a la memoria la historia del buhonero de tres patas y las hijas del mercader. Al parecer este mercader era próspero y rico gracias a las cualidades de sus tres amadas hijas. La mayor era bondadosa y justa, la mediana era fuerte y organizada, la pequeña era inteligente y pícara. Y las tres eran tan hermosas como lo había sido su madre.
Ocurrió que un día coincidieron en el mercado de una villa amurallada el mercader y el buhonero de tres patas. El buhonero era un hombre extraordinario: a pesar de que sus tres patas eran de palo, como si de un pirata por triplicado se tratase, era el hombre más veloz del reino y, probablemente, de todo el mundo conocido. El buhonero había oído mucho hablar de las tres hijas del mercader y estaba decidido a tomarlas por esposas. A las tres, puesto que ellas eran inseparables. Además, él tenía tres patas, y le pareció adecuado tener una mujer por cada una de ellas. Así que el buhonero fue a ver al mercader.
-Mercader, tú ya eres próspero y rico, deja que me case con tus hijas y retírate a descansar hasta que llegue el fin de tus días- le dijo el buhonero.
Pero el mercader sabía que sus hijas no amaban al buhonero. Además, no quería retirarse, y estaba seguro de que, sin ellas, su negocio se vendría abajo. Sin la bondad de la mayor, no sabría poner precios justos. Sin la fuerza de la mediana, no lograría soportar la presión de los malos días. Sin la inteligencia de la pequeña, no sería capaz de llevar al día las cuentas. Y sin ver la hermosura de la madre que reflejaban sus rostros, se sentiría triste y perdido cada día.
Se reunió con ellas y les comunicó la situación. Estuvieron de acuerdo en que habría que darle buenas razones al buhonero para que dejase de insistir, puesto que todos en el reino conocían lo testarudo que era.
-Le diremos que lo mejor para él es buscar a una mujer con alguna cualidad extraordinaria, como la suya. Eso sería para él lo más justo- dijo la mayor.
-Le diremos que organizar una casa con tres mujeres, y repartir el amor entre las tres le supondrá un desgaste demasiado grande- dijo la mediana.
-Le diremos que ya hemos pensado en alguien para él- dijo la pequeña. Y se fueron en su busca y le expusieron sus razones.
-Y, ¿en quién habéis pensado para mí?- dijo el buhonero, que reconoció que lo que le decían las hijas del mercader era muy razonable.
-En la adivina de tres brazos, por supuesto- dijo la pequeña justo en el momento en que la adivina de tres brazos llegaba hasta el bosque donde estaban reunidos. Y es que ella ya sabía lo que se estaba hablando allí, por algo era la mejor adivina del lugar. Era una mujer extraordinaria, ya que su brazo de más le permitía barajar a la vez más cartas del tarot y no había resquicio del futuro que se le escapase.
-Con cada uno de mis brazos podré acariciar cada una de tus patas a la vez. Sin duda que estamos destinados a estar juntos- aseguró.
-¿Y seremos felices?- preguntó el buhonero.
-Lo seremos, y tendremos hijos extraordinarios, siempre con una cualidad triple, así lo dicen mis cartas. Uno con tres ojos, que será capaz de verlo todo; otro con tres bocas, capaz de contar las más maravillosas historias habidas jamás, y un tercero con tres oídos, para que nunca se nos escape detalle.
Y el buhonero y la adivina se abrazaron. Y los seis corazones que allí estaban reunidos latieron con fuerza al unísono por aquel final feliz.
Un cuento de niños para El CuentaCuentos
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jueves 18 de junio de 2009
Piscina!
He hablado miles de veces por aquí del mar y de la playa, y creo que nunca de la piscina.
Y es curioso. Sobre todo teniendo en cuenta que vivo en Madrid, donde no hay playa, y he pasado la mayor parte de mis veranos en Higuera, donde tampoco la hay. Y que la primera vez que vi el mar tenía unos doce o trece años. Y que estuve nadando casi a diario en una piscina -cubierta- desde los diez hasta los veinte más o menos. Y que he andado tres kilómetros a las tres de la tarde del agosto extremeño por una carretera cuando no había piscina en Higuera y había que ir a Romangordo.
Supongo que la piscina tiene menos glamour, es más como de andar por casa. Y realmente la playa está muy por encima: el agua no tiene cloro, la extensión es infinita, hay olas, el moreno no es color obrero, sino color arena, puedes pasear por la orilla durante kilómetros...
Pero la piscina tiene dos cosas que me encantan: césped y sombra.
No nos engañemos: la arena de la playa es un coñazo incómoda, es mucho mejor tumbarse sobre la hierba húmeda, que además tiene un olor que me encanta. Y adoro el sol, pero a veces sentarse un rato a la sombra se agradece (
y las sombras de las sombrillas de la playa... ejem...)
Todo esto viene a cuento porque ayer fui a la piscina. Es la segunda vez este verano.
¡Cuánta felicidad!
=)
en la web 10x15
lunes 15 de junio de 2009
Orgullo, honor y alma
Aquel día vendí mi alma, mi honor y mi orgullo, ¿y para qué? Para conseguirte aquella bicicleta. Me explico.
Tuve que cambiarle el turno a Gómez. Él nunca accede, ya sabes, todo el mundo quiere esa jornada intensiva que acaba a las tres de la tarde, así que tuve que pagarle. Pagar por trabajar, es increíble. Pero tú querías el último modelo, y yo tenía que esperar al último día para comprártela y sabes que para cuando salgo del trabajo, las tiendas ya están cerradas. ¿Te parece que pagarle a Gómez por un cambio de turno no fue vender mi orgullo?
Y, no creas, su precio fue caro. Y la bicicleta también lo era. No me alcanzaba para tanto. Y, aunque no te lo creas, no fue tan difícil. Me fui con ella por la salida de "Sin compra". Era tan descarado que nadie dudó de que fuera mía ya. Yo, que jamás había robado siquiera un chicle. ¿Te parece que aquello no fue vender mi honor?
Así que, no me digas que no estuvo justificado dispararte. Después de aquello, no podías decirme que lo que querías era una bicicleta estática, sin las preciosas y esbeltas ruedas que tenía la que yo te regalé. No me creo que no supieras montar, significaría que no tuviste infancia, me niego otra vez a creerlo. Y sí, dispararte era vender mi alma. Pero recuerda que ya había vendido el resto, y por mucho menos.
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jueves 11 de junio de 2009
Videoconferencia
Esta es una videoconferencia simulada para que sepas
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