...pero a veces las cosas no se saben o no se pueden explicar. Y algunos dicen que eso es la magia. Si eso ocurriese ahora, aquí, ante tus ojos, si no hubiese ninguna otra explicación digna de aceptarse, eso podría ser magia sin más. A veces la magia es solo un truco, pero un truco puede explicarse, puede aprenderse, se puede practicar, ensayar y mejorar. Y un truco puede incluso fallar. Sin embargo, la magia no falla. Y tampoco se enseña, ni se aprende, ni se practica, ni se mejora. Porque es magia. Y de entre todas las magias, la más real y la más innegable, es la magia que llamamos amor. ¿O acaso alguien tiene una explicación para el amor? ¿Puede alguien explicar por qué cuando cierras los ojos por las noches, inevitablemente, antes de dormir, piensas en él? ¿O por qué te parece más guapa que la modelo mejor cotizada? ¿Por qué su cuerpo desprende más calor que cualquier manta? ¿Por qué sus labios saben a azúcar cada mañana? ¿Por qué su mirada es capaz de calmar todos tus miedos? ¿Por qué aún te pones nervioso cuando suena su voz al otro lado del teléfono? ¿Por qué una palabra, un gesto, el más leve movimiento te puede hacer feliz? Es amor. O magia. Lo mismo da, porque ambas cosas son lo mismo. Así que es muy fácil saber que la carta que elegiste, la que sacaste de la baraja al azar, y tuviste oportunidad de cambiar, la que enseñaste al público y guardaste entre tus manos todo este tiempo, es el as de corazones. ¿Cuál otra podría ser, que representara mejor la magia, que representara mejor el amor?
...pero a veces las cosas no se saben o no se pueden explicar. Y algunos dicen que eso es la magia. Si eso ocurriese ahora, aquí, ante tus ojos, si no hubiese ninguna otra explicación digna de aceptarse, eso podría ser magia sin más. A veces la magia es solo un truco, pero un truco puede explicarse, puede aprenderse, se puede practicar, ensayar y mejorar. Y un truco puede incluso fallar. Sin embargo, la magia no falla. Y tampoco se enseña, ni se aprende, ni se practica, ni se mejora. Porque es magia. Y de entre todas las magias, la más real y la más innegable, es la magia que llamamos amor. ¿O acaso alguien tiene una explicación para el amor? ¿Puede alguien explicar por qué cuando cierras los ojos por las noches, inevitablemente, antes de dormir, piensas en él? ¿O por qué te parece más guapa que la modelo mejor cotizada? ¿Por qué su cuerpo desprende más calor que cualquier manta? ¿Por qué sus labios saben a azúcar cada mañana? ¿Por qué su mirada es capaz de calmar todos tus miedos? ¿Por qué aún te pones nervioso cuando suena su voz al otro lado del teléfono? ¿Por qué una palabra, un gesto, el más leve movimiento te puede hacer feliz? Es amor. O magia. Lo mismo da, porque ambas cosas son lo mismo. Así que es muy fácil saber que la carta que elegiste, la que sacaste de la baraja al azar, y tuviste oportunidad de cambiar, la que enseñaste al público y guardaste entre tus manos todo este tiempo, es el as de corazones. ¿Cuál otra podría ser, que representara mejor la magia, que representara mejor el amor?
................AHORA
..................lo dice casi todo...


de tu boca de aguardiente,
de tus gritos en caliente,
de este amor a bocajarro...

Dime, escucha, duerme, cuídate.
Ríe, para, sigue, rómpeme.
Toca, huele, muerde, se.
Grita, sopla, mira, trae.
Rasga, arranca, mancha, bésame.
Piensa, corre, huye, quédate.
Gira, vuela, suspira, cae.
Contigo, mañana, otra noche. Ven.
Preciados abajo, entre bolsas de papel, vendedores de humo e hilo musical de olor peruano, el tiempo parecía esfumarse y se hacía pequeño entre los escaparates. Cuarenta y ocho empujones después, el reloj que en lugar de horas marca años brilló ante sus ojos. Cruzar la plaza es otra odisea, hay que quitarse la bufanda y desabrocharse el abrigo, porque las prisas suman más y más calor a la lejanía del mar.
Luego, sobre la baldosa que señala el kilómetro cero, vuelve a hacer frío otra vez.
Será porque es el punto de partida, o tal vez porque todo está un poco más lejos desde allí. La otra opción es la maraña de gente que espera sobre la baldosa de medio metro cuadrado, y que siempre está sola. Quedar en el kilómetro cero es saber que nunca llegará la persona que esperas. Nora también lo sabía, lo había sabido siempre y aún así, cruzó deprisa la calle entre pitidos de coches y aspavientos de agentes de movilidad.Inmóvil bajo el reloj, con las manos en los bolsillos y los hombros encogidos pensó una vez más, como primer día que pisó la plaquita de piedra y metal, que Madrid es igual de día y de noche, con más bombillas de noche, con menos turistas de día. Como un hormiguero en el que todos tienen prisa. Y con diferentes temperaturas en las calles, según quien las pise cada vez.
Cuando suenan las campanadas de en punto, espera a las de y cuarto, y cuando suenan las de y cuarto decide esperar hasta las de y media. Pero suenan las de y media, las de menos cuarto y las de en punto otra vez, y de tanto entrar y salir y dar vueltas a la placa, la acera se está desgastando, así que, con cara de circunstancias, camina despacio en dirección a la plaza Mayor.
Sin motivo aparente, tal vez porque la plaza es el extremo opuesto al kilómetro cero, porque allí siempre encuentras a quien buscas. O por lo menos, es seguro que vas a encontrar una mirada, un olor a castañas asadas entre las voces multicolores de los turistas o, por qué no, una caricatura de tu vida envuelta en papel de dibujo de mala calidad. Seguramente por eso Nora caminó aturdida hasta allí.
Como el resto de las calles, la plaza Mayor no tiene la misma temperatura para todos y depende de los pies. Los de Nora la sintieron húmeda y caliente, como el vapor de agua. Y ese vapor lo envolvía todo, y lo hacía borroso a la vista. A veces pasa, en las noches de noviembre como aquella -porque las tardes en invierno duran tan poco que es de noche de repente-, que esa niebla indescriptible absorbe la plaza Mayor. Así que es imposible salir de ella: el rectángulo se convierte en un laberinto inmenso de baldosas resbaladizas, todas idénticas: no hay camino de baldosas amarillas para escapar.
Paseando por mi laberinto de baldosas húmedas -frías para mis pies-, sin contar ya con encontrar alguno de los arcos por los que se sale de la plaza, me encontré con los ojos vidriosos de Nora. Supe enseguida que sus pies estaban calientes, que había esperado sobre el kilómetro cero, que se había desabrochado el abrigo al cruzar la plaza, que había mirado el reloj que cuenta años en lugar de horas. Sin duda, era a ella a quien había estado esperando. Todavía con la niebla a medio disipar y los caminos del laberinto de la plaza confusos, Nora me reconoció también. La temperatura del asfalto se volvió agradable bajo nuestros pies.
Él bromea sobre un "repertorio alternativo" y pide que le hagamos una lista de treinta canciones para que las cante en el próximo concierto así que, como nadie se arranca, nosotras cogemos un folio y hacemos la nuestra. En dos pasos estoy en el escenario, y se la dejo al lado del cubata... ¡¡ahí la ve seguro!!

El concierto se acaba, y Carlos se va sin nuestra lista. Encienden las luces, la gente empieza a levantarse... pero aparece de nuevo en el escenario y toca un tema más.
No sé si tuvo o no que ver, pero Tu ombligo fue la primera que pusimos en la lista...
No estoy bien en ningún sitio y nadie entiende lo que digo
yo preparo mi equipaje
y me adentro en tu ombligo...
No te vayas de mis manos aunque te mueras de frío,
porque cuando llegue el alba no soportaré el rocío....
Veo el ojo que me mira, no sé qué esperáis de mí. Yo que muero cada día que tú te olvidas de mí... Soy un pez en una jaula, lo que quiero y lo que no, soy todo lo que me pasa... Tú me ves, yo no... (Fito&Fitipaldis)
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