Y ahora resulta que vuelvo de allí con una sensación de paz que no encuentro en esta ciudad de locos -que, por cierto, siempre había considerado la mejor para vivir, y ahora no entiendo por qué-.
Y eso que la lluvia apenas nos ha dejado salir de casa. Pero la carita de Javier, las mismas risas de siempre con Jessy y Miri, las cañas entre Higuera y Romangordo, las hamburguesas extra-plus y las comidas en familia han conseguido acabar con el estrés de los últimos meses -¡que os aseguro que es mucho!- y que me olvide de todas las preocupaciones.
Cada vez tengo menos claro qué es lo que merece la pena de la gran ciudad. Os lo digo, el día menos pensado me exilio en alguna isla desierta, o en algún oasis de por ahí, en algún lugar en el que la vida esté por encima del estrés. Y me dedico a vivir. Que ya va siendo hora.