El mejor de los pecados,
el haberte conocido...
el haberte conocido...
Cuatro pies se deslizan deprisa por la tarima de madera, como si volasen, como sin esfuerzo. Cuatro pies al unísono, como otra nota de la melodía, encajando cada paso con un golpe, aferrados al ritmo y girando una vez más. Cuatro pies con tacones que se olvidan del dolor, que se convierten en música, que dejan el mundo fuera del escenario, y lo convierten en público mientras pisan el pasado, mientras se pierden en un bucle del presente. Cuatro pies que se unen a unos cuerpos convertidos en partitura, aferrados uno al otro, fundidos mano a mano en su vaivén. Cuatro pies que son ahora cuatro negras en la misma línea del pentagrama, cuatro pies que se separan y se juntan afinando cada acorde. Cuatro pies que son parte de la música, hasta que la música se convierta en silencio, y los pies vuelvan a ser parte de un humano más.
La pantalla del ordenador está llena de círculos de arcoiris: es la señal inequívoca de que, un día más, lleva demasiadas horas sentado ahí delante, inmóvil, con los ojos como platos -como platos que tuvieran pegados restos de comida reseca, eso sí. El cuello como una piedra es la prueba irrefutable de que necesita levantarse y correr durante horas. El tema de los ojos va aparte, demuestra simplemente que dormir sí es imprescindible. Otro trago a la cocacola, que se ha quedado sin gas y que ni de lejos espanta ya al sueño, y de nuevo clava los dedos en el teclado que le devuelve un eco sordo demasiado repetido a estas horas ya.
Y de repente comprende: comprende la rigidez del cuello, los pies dormidos, los ruidos en su estómago, su lengua de estropajo, los círculos de arcoiris. ¿Cuánto tiempo sin cambiar de posición, sin cerrar los ojos, sin mover las piernas? Y se acabó. No más medias horas más, no más, hasta ahí podíamos llegar.... y con la almohada empapada en sudor
contaré los minutos
¡¡qué lento andará ese reloj!!
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...qué larga es la noche si esperas el día...
Los ojos grandes y redondos, como dices que te gustan. El pelo negro cayendo sobre la frente, colocado estratégicamente delante del espejo a golpe de secador. La piel del color gris pálido que deja mi foto en blanco y negro. Y ese destello difuso de mi cuerpo semitransparente en el cristal de un escaparate al pasear bajo el sol. Es todo lo que te puedo decir de mí. Me he buscado para definirme y he mirado con detenimiento mis manos para describirte como soy. Un escalofrío me ha recorrido la espalda -esa espalda que, dicen, es ancha y deja en el centro un surco por donde pasa mi columna vertebral- al entender que todo lo que creía saber de mí no es más que un reflejo de lo que soy. Yo misma debería conocerme mejor que nadie y, sin embargo, ¿cómo saber qué ves tú de mí? Creer en mis ojos marrones, en mi sonrisa ancha y de labios gruesos, en mi nariz redonda, en mis orejas pequeñas es sólo un acto de fe. No he contado los lunares de mi cara, no he medido mi cintura estrecha ni he mirado de reojo los hombros redondos y lisos, con su cicatriz junto al omóplato derecho. No sé si es de verdad mi color dorado en verano, si mi cuello es tan largo como dicen o si tengo los pies grandes, los tobillos gruesos y las manos más o menos del tamaño que podrías esperar. Lo comentan, lo he oído y lo he buscado en los espejos del armario mientras me vestía -¿en serio me favorece ese pantalón?-, pero nunca me he llegado a ver. Me busco entre las cosas, me invento y me toco con las manos, pero sigo siendo un reflejo de la realidad. En mi mente hay dibujada una imagen de mí, pero ¿en qué se parece a la imagen real? No soy más que lo que tú me has contado que soy, soy un retrato en un marco de madera, una proyección en el espejo del baño cada mañana, unas palabras de mi madre, una foto de carnet. Soy esos ojos grandes y redondos, ese pelo colocado a golpe de secador, esa piel gris pálido de mi foto en blanco y negro. Y a pesar del esfuerzo, no puedo verme completa, no soy más que un reflejo de mí...
Veo el ojo que me mira, no sé qué esperáis de mí. Yo que muero cada día que tú te olvidas de mí... Soy un pez en una jaula, lo que quiero y lo que no, soy todo lo que me pasa... Tú me ves, yo no... (Fito&Fitipaldis)
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