Orange Green Pink

El ojo que te mira

Te diría...


...te diría que tengo las manos cansadas, pero las tengo apunto para otras batallas...

...te diría que tengo sólo el tiempo justo, sin embargo tengo todo el tiempo del mundo...
Chaouen
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No perdono...


No perdono a los lunes que lleguen ni al verano que se acabe. No perdono el frío insano del aire acondicionado, ni perdono el calor de los vagones del metro, ni perdono el sudor robasueños de las noches de agosto. No perdono al mar que se venda tan caro. No perdono a tu risa que no me acaricie esta noche. No perdono el llanto de los niños, porque todos los dolores son iguales. No perdono que la balanza no esté equilibrada. No perdono el hambre de hoy ni la guerra de mañana. No perdono que mientas a quien no tiene argumentos para no creerte. No perdono a la luna que guarde silencio. No perdono la definición de la palabra distancia. No perdono al mundo que se pare y tampoco le perdono que gire tan deprisa. No perdono el olvido... y no olvido que no perdonar es lo que más daño hace. Y hay tantas cosas que yo no perdono...


No perdono a la tarde viajera para siempre,
no le perdono a los días que amanezcan tan temprano
para dejarme en mitad de los sueños,
yo no perdono a la tarde viajera
su chubasquero de otoño,
no le perdono a la risa su llanto después de su risa,
ni a la tempestad la calma,
ni a la calma que se aburra...

Poncho K (gran descubrimiento =D )
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Zapatitos rojos


Tus zapatitos rojos andaban despacio, empapados, dentro de un paraguas incapaz de cubrirte del agua que llueve de lado los días que hay viento. Lo sé porque te estaba observando desde la ventana del despacho, los papeles revueltos, el ordenador encendido pero con la pantalla en negro, cansada de esperar a que posara mis dedos sobre el teclado.

La bolsa de Congelados Mary que llevabas en la mano se balanceaba triste, tan triste como el día, tan triste como viajar en el metro de vuelta a casa a las seis y media de la mañana, tan triste como comer solo en un restaurante barato, tan triste como no saber a quién decir adiós cuando sales de la oficina.

Desde la ventana del despacho no alcanzaba a verte la cara, pero me pareció que era triste también. O tal vez cansada, detrás de tus gafas cuadras unos ojos que escuecen sin motivo aparente. El cansancio está cerca de la tristeza siempre. Es triste estar cansado y, al final, todo el mundo se cansa de estar triste y tiene que dejarlo.

Ahora comprendo que tú venías a dejarlo. A dejarlo todo una vez más. Aún a sabiendas de que no podrías hacerlo. Por eso tenía que ser el suspiro cuando yo descolgara el telefonillo. Por eso, no por la lluvia. No por tus pantalones mojados, no por la bolsa que se balanceaba triste, no por el frío de agosto, no por tus zapatitos rojos. Pero eras -pero eres- especialista en mentirme y yo, especialista en creerte.

Luego el holaquétalmividaquétaleldíaquéhashechohoy de rigor, y todo volvería a ser como antes. Pero giraste a la izquierda, la bolsa siguió balanceándose, tus zapatitos rojos caminaron despacio y mi pantalla se volvió más negra aún. No llamaste aquella mañana de lluvia y de aire, y desde la ventana del despacho sólo se veía la calle desnuda y gimiente, como un niño que acaba de nacer.

No sé si fueron tus rizos oscuros -más claros ahora, por el sol-, o esa sonrisa ancha que llevas y que no alcanzaba a ver desde mi séptimo piso, o la lluvia -tap, tap, tap- en el cristal. De repente tuve ganas de escribir otra vez. Quizás porque lo echaba de menos tanto como a ti, porque estoy abocado a la escritura y tiendo a ella igual que tiendo a tus brazos en las tardes de frío, igual que un péndulo que se va pero siempre, siempre vuelve. Las palabras regresaron a mis dedos, y mis dedos al teclado, frenéticos, sin pensármelo dos veces, y su sonido de plástico tapó el de la lluvia y el de tus pasos, y tapó el resto del mundo a mi alrededor.

No llamaste al timbre esa mañana, ni la siguiente, ni la otra. Se acabó la lluvia y tus zapatitos rojos no se acercaban despacio por la acera. Tu móvil seguía apagado o fuera de cobertura (¿apagado, o fuera de cobertura? El contestador que lo anuncia debería especificar, porque lo primero es muy diferente de lo segundo, porque apagado es tu voluntad y fuera de cobertura... eso es otra cosa) y empecé a temerme que la cobertura no volviera nunca más.

Escribí con el ritmo histérico de quien echa de menos su tiempo. Me olvidé de todo, de pronto éramos solo la mecanografía y yo. Ni siquiera tú, tú que habías sido mi musa, tú, por quien había escrito de nuevo. Dejé de mirar a través de la ventana de mi despacho, dejé de otear el horizonte, dejé las calles, las tiendas, el ruido, el hambre. Dejé el sueño y el cansancio, todo lo dejé atrás.

Decidí no releerme, mirar solo adelante, para que todo fluyera deprisa. Un tintineo monótono a cada golpe de letra, a cada palabra, a cada sonido me recordaba que mi única opción era seguir, no parar... una mañana, al abrir los ojos, tenía ante mi un taco de folios impresos. La lluvia golpeaba otra vez la ventana. Y recordé tus zapatitos rojos, mojados, avanzando despacio camino de mi casa. Pero desde la ventana del despacho sólo se veían charcos.

Todo ocurrió deprisa: aquella mañana de abril, lluviosa y gris, sentí como una bofetada que llega sin viso para hacer que pique la cara que el tiempo se me había esfumado entre los dedos, había desaparecido sin dejar huella, sin dejar ni siquiera un número de teléfono dentro de cobertura. Se había ido de la misma manera que tú: sin que yo me diera cuenta, sin preaviso, se había ido sin más.

Me dijeron que había sido un best seller, que habría una cola enorme, que me preparase para firmar contraportadas a adolescentes deseosas de besarme y de comprar el libro. Pero desde los dos metros cuadrados de la caseta del Retiro en la que me habían colocado, pluma en mano, a esperar a las hordas de fans, sólo se veían charcos. Barro que mojaba el suelo ya mojado y calles vacías excepto por las tenderas que salían para guarecer sus libros con plásticos enormes.

Apoyé un codo en el metal helado que me servía de mesa y encendí un cigarrillo. No había fumado desde aquel día que subías triste bajo tu paraguas, desde aquella mañana en la que tenías que llamar al timbre para que yo te abriera, impaciente, y te secara la cara con mis manos. No fui capaz de recordar el motivo por el que había dejado el tabaco. Pero, a decir verdad, tampoco recordaba exactamente tu cara. Había tanto por olvidar, tantas cosas que la lluvia debía llevarse aún, calle abajo, envuelto en un reguero de hojas secas y palos y basura, que me era difícil saber qué quería guardar y qué dejar que se perdiera.

De repente, como todo lo que había ocurrido desde aquella mañana, así cayó el pie sobre el reguero que bajaba a toda velocidad entre las casetas. De repente, pero a la vez despacio, tus zapatitos rojos, empapados, inmóviles, sujetando aquellos vaqueros gastados, aquella chaqueta de pana, aquellos rizos oscuros, más oscuros ahora que estaban mojados. Habría dado el mundo por ver tu sonrisa, ancha y triste, tranquila como tú eras, profunda como tú eras. El cigarro cayó de mis manos, quemó una hoja de una revista cara y culta sobre escritores, me giré para pisarlo. Tus zapatitos rojos andaban despacio, empapados, perdiéndose en la lluvia. Tu teléfono sigue apagado o fuera de cobertura.
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...que...


...Que he recorrido mil kilómetros para llegar hasta aquí, hasta el final del camino, sin llegar a ningún final.
Que he preguntado a la luna dónde te podía encontrar, y la luna miraba en silencio y brillaba sin más...


...Que no sé voy o si vengo, si la carretera es de doble sentido o si tiene sentido mirar hacia atrás.
Que pienso quedarme parada, gritando a la luna, hasta que consiga hacerla hablar...
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Píntame



Me dijiste "píntame" y pinté una luna,
luna de cuarto menguante con un guante de podar,
que con la otra mano agita cacerolas
con el ruido de las olas que las tiene enamorá.
Y lloraste al verla:
Imagínate que te pinto yo a ti un sol radiante
y lo pongo delante pa cuando no estés...
Marea
Foto: Devianart
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Cantautor


De un salto baja de la acera, el primer sol de la mañana le azota en las pestañas y por los cascos sale música pastelona de cantautor, especial para quinceañeras. Sube el volumen. Tararea. La faldita a cuadros del uniforme ondea a cada paso con la música, que se para de repente. Clic, clic. El MP3 está apagado. Clic. No enciende, ¿por qué? Se enfada, lo agita, lo mira. Clic, clic, clic. Lo agita más fuerte, y funciona de nuevo. Para, se ahueca el pelo con la mano y mira al cielo, como si respirase los rayos tenues de ese sol de primavera que lucha por vencer a las nubes. Luego, un claxon desesperado, un frenazo, las marcas de neumático grabadas en el suelo. A pesar del golpe contra el paso de peatones, el cantautor sigue a lo suyo.

Foto:Devianart
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Voy


Voy a hacer chocar tu vida con la mía, como si fuera un accidente que llega sin preaviso. Voy a colarme en tu retina como una imagen limpia y sin ruido, y repiqueteará mi voz en tu cabeza, para que el sonido se te quede bien grabado. Voy a subir de nuevo los peldaños que me llevaron al cielo de tu risa y, si no estás allí arriba, voy a sentarme en la escalera a esperar que acabe la noche y que llegues hasta aquí. Voy a llenar tus manos de monedas de chocolate, para que seas rico en momentos dulces, y voy a llenar de aire tus pulmones, para que seas rico en libertad. Voy a traerte cien veranos para que no vuelva a hacer frío en tu alma, y con ellos voy a traerte cien soles, para que no vuelvas a temer la oscuridad. Voy a besar tu corazón para que sientas enseguida el calor de mis labios y que al instante se te ponga la carne de gallina y que sepas que no quieres irte más. Voy a regalarte una canción para que sepas que siempre, en cualquier lugar, habrá unas notas sonando para ti. Voy a contarte ese cuento que nadie conoce, en un susurro, para que te quedes dormido apoyando tu cabeza en mi vientre. Y así, mientras duermes, voy a traicionar al subconsciente para que, si no me encuentras aquí, al menos nos crucemos en los sueños.
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Veo el ojo que me mira, no sé qué esperáis de mí. Yo que muero cada día que tú te olvidas de mí... Soy un pez en una jaula, lo que quiero y lo que no, soy todo lo que me pasa... Tú me ves, yo no... (Fito&Fitipaldis)

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